
Hace 2.700 años, los griegos y romanos creían que el reflejo de una persona en el agua o en un espejo contenía su alma. Romper ese reflejo era, literalmente, fragmentar algo sagrado. Los romanos fueron más precisos: fijaron el daño en siete años porque, según su filosofía médica, el cuerpo humano se renovaba por completo en ese período. Pasado ese ciclo, la maldición quedaba anulada.
Pero la superstición que conoces hoy no se consolidó en la Antigüedad. Tomó su forma definitiva en Venecia, a finales del siglo XV, cuando los artesanos locales fabricaron los primeros espejos modernos de vidrio con lámina de plata. Eran objetos de lujo exclusivos de la aristocracia, tan costosos que un sirviente que rompía uno era sometido a años de trabajo sin salario hasta cubrir el valor del daño. En aquel momento, los “años de mala suerte” no eran simbólicos: eran literalmente los años que le tomaba al sirviente pagar la deuda.
El sociólogo Barry Markovsky, de la Universidad de Carolina del Sur, documentó este recorrido en un artículo académico que señala algo definitivo: no existe ninguna evidencia científica que vincule romper un espejo con experimentar mala suerte. Lo que sí existió fue una consecuencia económica devastadora que, con el tiempo, el folclore transformó en maldición sobrenatural.
