Una niña llega a la consulta con un ojo que siempre la hizo sentir distinta. No hay dolor en su cara, pero sí esa timidez de quien está acostumbrada a las miradas ajenas.


El especialista trabaja el detalle como quien pinta un retrato: cada vena, cada tono del iris, hasta lograr una prótesis ocular idéntica a su ojo sano. No es solo una pieza médica, es un trabajo de orfebre aplicado a devolverle algo que ella creía perdido.
Cuando finalmente se mira al espejo, sonríe. Ya no hay diferencia que esconder. Ahora puede crecer sin explicarle a nadie por qué uno de sus ojos se ve distinto — porque ya no se ve distinto.


