Jessica Gregori tenía apenas 5 años cuando vio algo que nadie pudo explicarle.

Fue en febrero de 1995, en las afueras de Civitavecchia, Italia. Frente a una pequeña estatua de la Virgen María comprada en el santuario de Medjugorje, la niña juró haber visto lágrimas de sangre bajando por el rostro de yeso. No fue la única vez: la estatua, apodada ‘La Madonnina’, volvió a llorar sangre 13 veces más. El obispo Girolamo Grillo fue testigo de uno de esos episodios y dijo que eso bastó para vencer su escepticismo. Pero cuando se propuso hacer una prueba de ADN para saber de dónde venía la sangre, los hombres de la familia Gregori se negaron.

Casi 30 años después, en abril de 2024, otra estatua de la misma familia —esta vez en una gruta del jardín— comenzó a exudar un aceite perfumado frente a un grupo de peregrinos que rezaba. Todo quedó grabado. Para los científicos escépticos, casos como este suelen tener explicaciones simples, como una tubería con fugas en el techo. Para la familia Gregori, es la fe la que sigue sin pedir permiso para manifestarse.

