Lai Huili tenía 51 años y una rutina tranquila: cultivaba flores, cuidaba animales pequeños y luchaba cada noche contra el insomnio. Vivía en un complejo residencial de Hangzhou, China. Una madrugada de julio de 2020 simplemente dejó de existir para todos los que la conocían.

Las cámaras de seguridad del edificio no mostraban a nadie saliendo. La policía revisó 6.000 horas de grabaciones y tocó la puerta de 379 familias vecinas. Nada. Ni un rastro, ni una pista, ni un cuerpo. Durante 17 días la búsqueda avanzó a ciegas, hasta que los investigadores decidieron drenar 38 camiones de aguas residuales de la fosa séptica del edificio. Ahí, entre los desechos, encontraron diminutos fragmentos de tejido humano que pertenecían a Lai Huili.


El caso dio un giro que nadie esperaba: quien había denunciado su desaparición y ofrecido casi 15.000 dólares de recompensa por encontrarla era su propio esposo, Xu Guoli, de 58 años. Él la había sedado, descuartizado con una picadora de carne y arrojado los restos por el inodoro. Un tribunal lo condenó a muerte en 2021 y fue ejecutado en marzo de 2023.

