Chris Kunzmann sostiene entre sus manos un rostro que aún no tiene dueño.
Es piel sintética montada sobre servomotores, la base de lo que hoy se conoce como animatrónica avanzada. En las imágenes se ve el proceso completo: primero el esqueleto robótico desnudo, con cables y engranajes a la vista sosteniendo una máscara de silicona sin vida. Segundos después, ese mismo rostro ya tiene cuerpo, cuello y una camisa blanca, sentado como cualquier persona esperando algo.


La piel se mueve, los músculos artificiales se tensan y la mirada sigue un punto fijo. Ya no parece una escultura, parece alguien pensando. Y ahí aparece la pregunta que ronda a toda esta tecnología: si un robot puede gesticular así de bien, ¿cuánto falta para que no podamos notar la diferencia?
