Emma Cousins, una sobreviviente de cáncer en Sheffield, vive con un trasplante de piel extraído de su pierna que ha “cobrado vida” en su rostro. Tras perder el globo ocular, la radiación dejó un agujero necrótico que conectaba su cara directamente con sus pulmones; un simple baño podía ahogarla.


Para sellar este vacío, los cirujanos conectaron venas de su pierna a su cabeza, creando un parche de carne viva con pulso propio.


Lo más tétrico es que ese trozo de piel sigue “creyendo” que está en su pierna, haciendo que sobre el injerto crezca vello grueso que Emma debe arrancar con pinzas de su propia cuenca. Además el tejido se mueve intentando parpadear sobre el vacío.


