Aleshia Rogers tenía 27 años y acababa de tener a su tercer hijo, Jaxon, por cesárea en Lincoln, Nebraska. Tomaba ibuprofeno dos veces al día para el dolor postparto, algo que millones de personas hacen sin pensarlo dos veces.

Tres semanas después llegó la fiebre, la hinchazón en el rostro y un sarpullido en el pecho. Los médicos la revisaron dos veces y le dijeron que era conjuntivitis, después escarlatina. Le recomendaron seguir con el ibuprofeno. Horas más tarde, la piel de su cara empezó a desprenderse y quedó irreconocible.

Lo que tenía era síndrome de Stevens-Johnson, que avanzó hasta convertirse en Necrólisis Epidérmica Tóxica, la forma más grave de esta reacción. Perdió entre el 90% y el 95% de la piel de todo su cuerpo, entró en sepsis y fallo multiorgánico, y pasó tres semanas en coma inducido mientras los médicos le daban entre un 5% y un 10% de probabilidad de sobrevivir. Necesitó injertos de piel completos y un trasplante de membrana amniótica en los ojos para volver a ver.

