Katrina Blancaflor dejó la cocina de restaurantes famosos en Chicago y Las Vegas para criar a sus dos hijos.

Pero nunca dejó de hornear. En casa perfeccionó su masa madre hasta soñar con algo simple: un puesto de pan en la entrada de su casa para los vecinos. Su esposo pasó semanas construyéndolo a mano. La noche antes de inaugurarlo, alguien lo subió al techo de una camioneta y desapareció con él.

Entre los comentarios de su publicación en redes apareció John Adams, dueño de una carpintería local que jamás había hablado con la familia. Junto a su hijo Casey, pidió los planos originales y trabajó 12 horas seguidas para replicar el puesto exacto, hasta las ruedas. Se lo entregó en la puerta días después, sin aceptar un centavo. “Me sorprendió tanto que literalmente me hizo llorar”, cuenta Katrina. Lo único que Adams recibe a cambio es pan fresco, cada semana.

