Rachael Rapraeger no tenía un plan. Tenía una pila de trabajo que no paraba de crecer.
Era técnica de radiología en el Perry Hospital, en Georgia. Entre enero de 2009 y abril de 2010, según los fiscales, se fue quedando atrás. Cada mamografía debía pasar por los ojos de un radiólogo. Ella encontró un atajo, escribir en el sistema que el resultado era negativo, sin que nadie hubiera mirado la imagen.
Lo hizo con unas 1.289 pacientes.

Para una mujer, un resultado negativo es un alivio. Es volver a casa, retomar la semana, dejar de pensar en eso. Nadie pide una segunda opinión cuando le dicen que está sana.
Según la fiscalía, diez de esas mujeres sí tenían cáncer de mama. Dos murieron. Los medios no se ponen de acuerdo sobre si ambas muertes se debieron a la enfermedad, y esa duda queda sin resolver.
El engaño salió a la luz porque una paciente, con su resultado negativo en la mano, buscó otra opinión en otro hospital. Allí le encontraron el cáncer. Esa versión viene de una sola fuente.

En abril de 2014, Rapraeger se declaró culpable de diez cargos de conducta imprudente y uno de falsificación informática. Su abogado dijo que estaba desbordada y quería ponerse al día. No lo hizo por dinero, según él.
La jueza Katherine Lumsden le dijo: “Jugó a la ruleta rusa con las vidas de casi mil mujeres de esta comunidad.”

La condena: hasta seis meses en un centro de detención, diez años de libertad condicional, 12.500 dólares de multa y nunca más trabajar en el sector salud.
Un atajo cabe en una línea de computadora. Lo que cuesta no cabe en ninguna.

