
Liang Yaoyi tenía 11 años cuando entendió que no iba a sobrevivir.
Vivía en Shenzhen, China, y un tumor cerebral resistió cada operación que los médicos intentaron. En vez de rendirse al miedo, le hizo a su madre una petición que pocos se atreven a formular: quería donar sus órganos para que otros pudieran seguir viviendo. Antes de morir, el 6 de junio de 2014, había dicho que soñaba con ser médico y que quería convertirse en “un gran niño”, como esas personas que había visto hacer el bien sin esperar nada a cambio.
Sus riñones y su hígado llegaron a manos de pacientes que esperaban un trasplante. Sus córneas también fueron donadas. Cuando su cuerpo salió del quirófano, algo pasó que nadie había planeado: los médicos se inclinaron tres veces ante él y ante su madre, en señal de respeto por el regalo que acababan de recibir.
Ella se cubrió el rostro para contener el llanto. Un niño de 11 años no pudo convertirse en médico, pero terminó salvando vidas de todas formas.

