Jameka Mauldin no dejaba de engordar, y los médicos tenían una sola respuesta: comer menos y moverse más.

Lo hacía. Pero sus piernas seguían creciendo. “No era solo grasa. Se sentía diferente. Era pesado, tenso, doloroso”, cuenta esta madre soltera estadounidense de 35 años. Llegó a pesar 323 kilos y a depender de otras personas para levantarse de la cama o ir al baño. Fue entonces cuando terminó ingresada en una residencia de ancianos, su punto más bajo.

En 2019 por fin tuvo nombre lo que vivía: linfedema, que provoca acumulación de líquido linfático y una hinchazón dolorosa, y lipedema, un trastorno de la distribución de la grasa que no se revierte con dieta ni ejercicio. Ambas son progresivas e incurables y, según Jameka, a menudo se ignoran, sobre todo en mujeres negras.

Hoy ha perdido más de 158 kilos con cambios de estilo de vida, fisioterapia y liposucciones selectivas para retirar el tejido linfático dañado. Camina sin ayuda y volvió a trabajar, esta vez como auxiliar de enfermería certificada. Pasó de ser cuidada a cuidar. Y su hija Jamya, de 15 años, estuvo a su lado en todo momento.

