El niño tenía 11 años y dormía en una cabaña familiar del norte de Ontario cuando algo lo despertó de golpe: un murciélago estaba posado sobre su nariz y su boca.
El niño lo apartó de un manotazo y, ante los gritos, su padre acudió y lo atrapó con una olla para soltarlo afuera, en la noche.

No había mordeduras ni arañazos en el cuerpo del niño, así que la familia pensó que el susto había terminado ahí, y decidieron no ir al hospital.
Pasaron 19 días.
Fue entonces cuando el lado derecho de la cara del niño empezó a hormiguear y a perder sensibilidad. Después vino la hinchazón, la falta de apetito. En una primera consulta pensaron en parálisis de Bell por herpes y le dieron antivirales, pero no mejoró.
El niño volvió con dificultad para tragar, vómitos y llagas en las encías. Contaron lo del murciélago, pero aun así lo mandaron a casa. A la mañana siguiente ya no podía hablar bien. Tenía fiebre, confusión, alucinaciones.
Esa noche entró a terapia intensiva conectado a un respirador. “Cuando lo vimos en la UCIP, sospechamos que era rabia”, escribieron después los médicos. La prueba lo confirmó al cuarto día.
El niño murió 17 días después de haber sido internado. Fue el primer caso de rabia contraído en Ontario desde 1967.

Los médicos que documentaron el caso en 2026 lo dijeron sin rodeos: un murciélago infectado puede parecer completamente normal. Por eso cualquier contacto directo con uno, exista o no una herida visible, hay que evaluarlo de inmediato. Antes de los síntomas, la rabia se previene. Después, ya no hay nada que hacer.
