Evan Hill tenía 12 años y un apodo que lo seguía a todas partes: «niño conejo».

Vivía en Christchurch, Nueva Zelanda, y sus dientes frontales eran tan grandes que ni siquiera podía cerrar la boca por completo. En su país la atención dental suele ser gratuita, pero los tratamientos estéticos no tienen subsidio. Su familia necesitaba unos 12.000 dólares que no tenía y su madre, Barbara Erickson, llegó a pensar en hipotecar la casa.

Entonces su caso llegó al programa de televisión Campbell Live y la respuesta de los espectadores superó todo lo esperado: las donaciones pasaron de los 100.000 dólares. El ortodoncista Ronald Sluiter lo calificó como el peor caso que había visto en sus 25 años de carrera.
Durante unos cinco años, con visitas mensuales, los dientes de Evan se movieron 15 milímetros. Cuando por fin le retiraron los últimos brackets, el doctor le dijo: «Hemos recorrido un largo camino, ¿verdad?»
