Don Raúl llegó a abrir su puesto de tacos una tarde cualquiera y encontró algo que no esperaba.
Un gatito amarrado a un poste, el cordón apretándole el cuello, y junto a él un cartón que decía “gratis” con un billete de veinte pesos pegado con cinta. Como si esas monedas pudieran lavar la culpa de quien decidió deshacerse de él.

No lo pensó dos veces: lo desamarró. El animalito, en vez de huir asustado, se pegó a sus pies como si reconociera al instante a quien sí tenía corazón. Esa misma noche lo llevó al puesto, le dio bistec bien picadito y lo vio comer con desesperación, como si llevara días sin probar bocado.

Desde entonces no se volvió a ir. Don Raúl lo bautizó “Veinte”, en memoria del billete con el que alguien intentó comprar su abandono. Hoy los clientes preguntan por él antes de pedir su orden, y ese mismo billete sigue guardado en la billetera de Don Raúl: no por el dinero, sino para recordar el día en que un alma inocente encontró un verdadero hogar.
