Beck Weathers tenía 50 años y era patólogo en Texas cuando se propuso escalar el Everest. Para él no era solo un desafío físico: era también un escape de la depresión que lo acompañaba desde joven.

El 10 de mayo de 1996, mientras dos expediciones intentaban hacer cumbre, una tormenta de viento y nieve se adelantó y atrapó a los escaladores en la zona más alta de la montaña. Weathers, ciego por la altura, quedó a merced del temporal. Quienes lo encontraron lo vieron casi enterrado en la nieve, con manos y rostro congelados, y ya no esperaban milagros. Lo dejaron ahí.

Pero horas después abrió los ojos. Sin comer ni beber desde hacía tres días, se levantó y fue avanzando a ciegas hasta que sus compañeros lo vieron aparecer y no podían creerlo. Perdió la nariz, la mano izquierda y el brazo derecho, pero volvió a casa con su familia.

