El 15 de agosto de 1975, el régimen comunista de Vietnam arrestó al obispo Francisco Javier Nguyễn Văn Thuận. No le dejaron llevar nada consigo. Pasaría trece años preso, nueve de ellos en total aislamiento.
Al día siguiente del arresto le permitieron escribir a su familia. Pidió ropa, pasta de dientes, y algo más, “un poco de vino”, explicó, “como medicina para el estómago”. Su familia entendió el mensaje oculto y le hizo llegar una botella etiquetada como remedio, junto con hostias escondidas.

Con eso bastó. Tres gotas de vino y una de agua en la palma de su mano. Ese fue su cáliz durante trece años. Su celda, sin ventanas ni testigos, se volvió la catedral más pequeña del mundo.
Cuando lo trasladaron a un campo de reeducación, siguió celebrando de noche, compartiendo en silencio la comunión con otros presos católicos. Años después, ya cardenal, lo recordaría así: fueron las misas más hermosas de su vida.

Salió libre el 21 de noviembre de 1988. En el año 2000, el papa Juan Pablo II lo invitó a predicar en el Vaticano. Murió en Roma en 2002. Hoy la Iglesia estudia hacerlo santo.
Lo encerraron para apagar su fe. Terminó iluminando una celda entera con tres gotas de vino.

