Antes de convertirse en uno de los asesinos seriales más conocidos de California, Edmund Kemper fue un niño que creció en un hogar marcado por el conflicto, el aislamiento y una relación especialmente difícil con su madre, Clarnell.
Después del divorcio de sus padres, en 1957, su madre se llevó a los tres hijos a Montana. Clarnell era alcohólica y, según varias fuentes, lo menospreciaba y lo golpeaba por cualquier cosa. A Edmund lo mandó a dormir al sótano. Decía que temía que dañara a sus hermanas. Para salir había que mover la mesa de la cocina y levantar una trampilla. Según el propio Kemper, ella le negaba el afecto y le repetía que ninguna mujer lo querría.

A los 14 años huyó en búsqueda de su padre. Lo encontró con otra familia, que no lo acogió. Lo devolvieron a su madre, y ella lo mandó a la granja de sus abuelos.
Ahí, en agosto de 1964, con 15 años, mató a sus abuelos. Pasó cinco años en un hospital psiquiátrico. Le diagnosticaron esquizofrenia paranoide y un coeficiente intelectual muy alto.
En 1969 salió libre, con 21 años. Los médicos habían recomendado que no viviera con su madre, conocían esa relación. Aun así, volvió a su casa, en Santa Cruz.

Psicología Today lo resume con cuidado. El abuso infantil da pistas, pero no explica sus actos. Ni una infancia rota alcanza para justificar lo que vino después.
El ciclo terminó en abril de 1973, cuando mató a su madre y posteriormente confesó los crímenes que había cometido contra seis jóvenes. Entregándose a la policia de Colorado.
Hay casas de las que nadie escapa, aunque se vayan.

