
Investigadores de las universidades de Durham, Cambridge y Aston, junto al Laboratorio DOCC de Francia, hicieron algo que parece sacado de ciencia ficción: dieron cápsulas de polvo de zanahoria o coliflor a mujeres embarazadas durante las semanas 32 y 36 de gestación y filmaron las expresiones de los fetos en ecografías. Luego repitieron el experimento cuando los bebés tenían tres semanas de vida. Y una vez más a los tres años. El patrón fue el mismo en las tres etapas: los niños mostraban expresiones de agrado ante la verdura a la que habían sido expuestos en el vientre, y muecas de rechazo ante la que no conocían. El mecanismo es el líquido amniótico, que transmite los sabores de la dieta materna al feto, formando lo que los científicos llaman memorias quimiosensoriales duraderas. La batalla diaria de convencer a un niño de comer sus verduras, al parecer, se gana o se pierde mucho antes de que ese niño llegue a la mesa.
