
Dos animales se acercan, juntan los hocicos y parecen darse un beso. Lo hemos visto mil veces: en el campo, en un documental, incluso con nuestra mascota. Siempre lo leímos como ternura. Un estudio de la bióloga Sophie Lund Rasmussen, de la Universidad de Oxford, publicado en Evolution and Human Behaviour, acaba de demostrar que estábamos completamente equivocados.
Ese gesto es una sinfonía de moléculas. En décimas de segundo, los animales intercambian feromonas y señales químicas que comunican identidad, deseo, jerarquía y hasta consuelo. La reina de una colonia de topos desnudos, por ejemplo, usa empujones nariz con nariz para controlar quién puede reproducirse entre sus subordinados. Los murciélagos lo usan como contraseña para reconocer a los miembros de su grupo. Y los erizos europeos pueden quedar literalmente paralizados por la sobrecarga de información química que reciben en ese contacto. 🦔
Lo fascinante, según Rasmussen, es que los científicos todavía no saben con exactitud qué sustancias se intercambian. Un lenguaje que llevan millones de años hablando, y que apenas estamos empezando a entender.
