Los colonos belgas solían cortarles las manos a congoleños como castigo por negarse a recolectar caucho

Por Maried Díaz
23 July, 2026

1885. Un rey europeo firma un documento y se convierte, de la noche a la mañana, en dueño personal de un territorio 76 veces más grande que Bélgica. Leopoldo II nunca puso un pie en el Congo, pero desde su palacio diseñó uno de los sistemas de explotación más sanguinarios que ha conocido África.

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La demanda mundial de caucho disparó las cuotas de producción. Los hombres debían internarse en la selva a extraer látex; mujeres y niños quedaban como rehenes para forzar el cumplimiento. Quien no llegaba al cupo pagaba con su aldea incendiada, con secuestros, con mutilaciones. Las manos cortadas se volvieron la marca registrada del terror: los soldados las presentaban como comprobante de que no habían desperdiciado balas.

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Nadie tiene el número exacto, pero los historiadores hablan de hasta 10 millones de vidas perdidas entre 1885 y 1908, por violencia directa, hambruna, enfermedad y el desplome de los nacimientos. Con esa riqueza, Leopoldo construyó monumentos y museos en Bélgica. Uno de ellos, el Real Museo de África Central, hoy reconoce que nació como propaganda para vender al mundo la mentira de un proyecto exitoso.

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