Entre 2011 y 2013, el neurocirujano Christopher Duntsch operó a 38 pacientes en hospitales de Dallas. Solo cinco salieron ilesos. Dos murieron. Treinta y tres quedaron mutilados, paralizados o con dolor permanente.

Lo que divide a la gente no es solo lo que hizo Duntsch, sino lo que hicieron los hospitales cuando lo descubrieron: lo despidieron en silencio y lo dejaron seguir operando. Para algunos, esa decisión los convierte en cómplices directos de cada víctima posterior. Para otros, el sistema no tenía herramientas legales claras para actuar más rápido sin exponerse a represalias.
En 2017, Duntsch fue condenado a cadena perpetua, el primer cirujano en la historia de Estados Unidos encarcelado por actos cometidos en el quirófano. ¿Pero es suficiente cuando los que miraron hacia otro lado nunca enfrentaron ninguna consecuencia?
