LOS OJOS DE UN PADRE QUE PERDIÓ A SU HIJA QUIZÁS, EL DOLOR MÁS GRANDE QUE PUEDE SENTIR EL SER HUMANO

Por Diego Aguirre
25 August, 2026

Hay padres que visitan la tumba de un hijo una vez al año. Hay otros que, además, se detienen, sacan el teléfono, y repiten la misma pose que hacían juntos cuando la risa todavía era posible.

No sabemos, con certeza confirmada, cada detalle de esta historia puntual que circuló bajo el nombre de un padre y su hija. Pero sabemos, porque lo hemos visto una y otra vez en historias parecidas, lo que significa ese gesto: un padre que se niega a que el tiempo borre la postura exacta de una mano, la inclinación de una cabeza, la sonrisa que ya no está pero que él sigue actuando con el cuerpo.



No es tristeza lo que se ve en esas fotos repetidas. Es tozudez. Es amor que no acepta rendirse ante la ausencia.

Cada aniversario, ese padre vuelve al mismo lugar, se para en el mismo sitio, y hace exactamente lo que hacía cuando ella todavía podía reírse a su lado. La lápida cambia de color con los años. La pose, nunca.

Hay duelos que se cargan en silencio y duelos que se cargan en fotos. Este es de los segundos: una manera de decirle al mundo, y a ella, que sigue estando en la foto, aunque ya no esté en la vida.

Perder un hijo no tiene cura. Pero tiene formas de honrarlo que se parecen, mucho, al amor que nunca se fue.

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