Madeline Mann cabía en la palma de una mano.
Nació en junio de 1989 en Loyola University Medical Center, cerca de Chicago, tras apenas 26 semanas de embarazo. Su madre sufría preeclampsia y el bebé dejó de crecer en el útero. Pesó 9,9 onzas, unos 280 gramos, y se convirtió en la bebé superviviente más pequeña del mundo. Su padre, Jim, confesó que al principio todo aquello fue “aterrador”.

Los médicos que la reanimaron lucharon contra casi todo pronóstico. Tuvo una hemorragia cerebral leve que no dejó secuelas, fue tratada por retinopatía y desarrolló asma. Aun así, creció. En 2011, con 22 años, estudiaba psicología en Augustana College, en Illinois, con honores, y cumplía todos los hitos del lenguaje y del desarrollo motor.
El récord cambió de manos en 2004, cuando Rumaisa Rahman nació en el mismo hospital con 9,2 onzas. Madeline ya ni lo recuerda: se define como una persona normal y una “tough cookie”, dura de pelar. Sus propios médicos piden prudencia: su caso es excepcional, no la norma.
