Li Jingzhi dejó a su hijo de dos años con su papá mientras viajaba por trabajo. Nunca imaginó que esa sería la última vez que lo vería de niño.

En Xian, China, en 1988, alguien se llevó a Jia Jia en los dos minutos que su padre tardó en enfriarle un poco de agua. Jingzhi imprimió cien mil volantes, tomó trenes cada fin de semana durante décadas y siguió más de 300 pistas que no llevaban a ningún lado. Se divorció, casi enloquece de dolor y aun así siguió buscando, porque como le dijo un médico: si perdía la cabeza, jamás podría reconocer a su hijo si regresaba.

El 10 de mayo, Día de la Madre, la policía la llamó: habían encontrado a un hombre en Chengdú, a 700 kilómetros de allí, y su ADN coincidía. Cuando Jia Jia entró corriendo al salón donde lo esperaba, gritó ‘madre’ y se lanzó a sus brazos, exactamente como lo hacía cuando tenía dos años. Habían pasado 32 años, pero el abrazo se sintió igual.


