Melissa Sloan, una madre de 49 años, vive una realidad que divide opiniones en el Reino Unido. A pesar de tatuarse tres veces por semana de manera “rudimentaria” dentro de su casa, Melissa admite que su aspecto le ha cerrado todas las puertas laborales.

Sin embargo, ni el rechazo social ni las graves infecciones que hacen que su piel se desprenda la frenan. “Es una adicción, como el cigarrillo; no puedo parar”, confesó, asegurando que seguirá adelante incluso si corre el riesgo de perder una extremidad.


La situación es crítica. Al no tener espacio libre en su piel, su pareja tatúa sobre diseños viejos mientras ella consume antibióticos para frenar la infección. Versiones de su círculo cercano sugieren que su obsesión ha superado cualquier límite de salud física.


