Magdalena Malec tenía 31 años cuando entró al hospital por un embarazo ectópico. Salió meses después sin sus dos piernas, sin su brazo derecho y sin los dedos de la mano izquierda.

Todo empezó en diciembre de 2014, en el Hospital Universitario de Luton y Dunstable, Reino Unido. La dieron de alta con analgésicos mientras sangraba y sufría calambres. Volvió el día de Navidad, ya con el feto no viable alojado fuera del útero, y recién ahí la operaron de urgencia. Durante la recuperación, su cuerpo desarrolló una isquemia que se convirtió en gangrena: el personal médico no reconoció los signos clásicos de sepsis ni aplicó su propio protocolo para tratarla a tiempo.

Esperó seis meses con las extremidades en descomposición antes de que la amputaran. Necesitó también un trasplante de riñón y ahora depende de diálisis y prótesis. “Nada podrá devolverme lo que tenía”, dijo. El hospital pidió disculpas y reconoció que todo pudo evitarse. Su abogado lo llamó una cadena de señales de alerta ignoradas hasta que fue demasiado tarde.
