Peninah Bahati Kitsao, de 45 años, ponía piedras dentro de una olla con agua y la dejaba hervir frente a sus ocho hijos. No había nada adentro.


Solo quería que el sonido y el vapor los convencieran de que la cena estaba en camino, para que el sueño llegara antes que las preguntas.
Era 2020, Mombasa, Kenia, y la pandemia le había quitado su único ingreso como lavandera. Un año antes había perdido a su esposo, asesinado por una banda criminal, y desde entonces sostenía sola una casa sin agua ni electricidad.


Sus hijos, con el tiempo, descubrieron el engaño. Le decían que sabían que no había comida, pero que entendían que ella no tenía nada más para darles.
Una vecina, la psicoterapeuta Prisca Momanyi, escuchó llorar a los niños de hambre y avisó a un canal de televisión local.
Lo que empezó como una olla vacía terminó en donaciones, ayuda y una comunidad entera que decidió que esa familia no volvería a cenar piedras.
