La mentira más bonita y más triste del mundo. Gezsa sabía que su hijo Omar no había ganado la batalla contra el cáncer, pero hizo lo más doloroso que puede tocarle a una madre: guardarse su propia pena para que él pudiera irse feliz.
En vez de decirle que ya no había nada más que hacer, le hizo creer que el tratamiento había funcionado y que podía tocar la campana de la victoria del hospital. Esa que muchos pacientes tocan cuando terminan una etapa difícil y vuelven a casa con esperanza.

Pero en el caso de Omar, la realidad era otra. Su mamá sabía que volverían a casa para pasar juntos sus últimos días, aunque él no lo supiera. “¿Cómo le dices a tu hijo que se va a casa a pasar sus últimos días con su familia?”, dijo ella.
Gezsa también explicó por qué eligió mentirle: “Tú dices lo que tienes que decir para proteger a tu hijo”. Y quizás ahí está lo más doloroso de todo, porque no era una mentira para engañarlo, era una mentira para cuidarlo hasta el último momento.

Gezsa eligió cargar sola con esa verdad. Sonrió cuando probablemente quería quebrarse, celebró cuando por dentro estaba despidiéndose y le regaló a su hijo una victoria que la enfermedad ya no podía darle.
Y ahí está lo desgarrador: a veces una mamá no dice la verdad completa, solo la que su hijo necesita para irse en paz.
