Marco Antonio Muñiz no podía terminar una frase sin trabarse. Creció en un apartamento pequeño de East Harlem, Nueva York, junto a sus padres puertorriqueños —Felipe, guitarrista, y Guillermina, ama de casa— y sus 7 hermanos, en un vecindario donde el dinero nunca alcanzaba y la tartamudez lo aislaba de sus propias palabras.

Entonces descubrió algo que cambiaría todo: cuando cantaba, la tartamudez se esfumaba. La mesa de la cocina de su casa fue su primer escenario.

También creció sintiéndose acomplejado por su extrema delgadez y apariencia física, admitiendo en entrevistas posteriores que nunca se consideró un «galán» y que su padre le aconsejó que se enfocara en desarrollar su personalidad y voz más que en su aspecto.

Después llegaron los coros para Menudo y The Latin Rascals, las noches cantando en clubes de Nueva York y un encuentro con el productor Little Louie Vega que en 1992 lo llevó a abrir un show para el mismísimo Tito Puente.

Hoy se le reconoce como el artista de salsa más vendido de la historia. El niño que no podía hablar sin trabarse terminó convirtiendo su voz en el instrumento que lo salvó.
