Maricarmen Abascal tenía 87 años y llevaba unos 70 viviendo en la misma casa del barrio de Retiro, en Madrid.
El 23 de septiembre la sacaron de ahí en camilla. Decenas de activistas protestaban en la puerta. Ella terminó en el Hospital Gregorio Marañón, y de ese hospital ya no volvió a su casa.
Murió el 7 de octubre, catorce días después. El Sindicato de Inquilinas dio la noticia.
Entonces llegó la frase. La eurodiputada Irene Montero escribió: “No es una muerte, es un asesinato. Qué maldita rabia. Gracias por luchar, Mari Carmen”. Ione Belarra la repitió. El dirigente de Izquierda Unida Enrique Santiago habló de un desahucio “evitable y sin alternativa habitacional”. Y en la Puerta del Sol, los acampados echaron a andar hacia el Congreso gritando “No son muertes, son asesinatos”.
Es justo decir lo que aún no se sabe. Ninguna información médica ni resolución judicial confirma que el desahucio fuera la causa de su muerte. La frase es la rabia de una calle, no una sentencia.
Pero esa rabia no nació de la nada. Nació de una imagen: una mujer de 87 años, saliendo de su casa en camilla.
A veces un país no discute una muerte. Discute la manera en que se llegó a ella.
