Mark DeFriest tenía apenas 19 años cuando su padre murió.

Le había dejado sus herramientas de trabajo, las mismas con las que aprendió un oficio, pero la sucesión todavía no se resolvía en los tribunales de Florida. Él las tomó de todos modos. Ese gesto, más parecido a un hijo que no quiere perder lo último de su padre que a un delito, terminó convirtiéndose en el origen de una condena que se extendería durante décadas.

En 1980 fue sentenciado a cuatro años por violar la libertad condicional al tener armas de fuego. Pero DeFriest nunca aceptó quedarse encerrado: escapó 7 veces, lo intentó 13, y cada intento sumó cargos, informes disciplinarios y años nuevos a su historia. Lo que empezó como una herencia terminó siendo 34 años de una vida atrapada entre rejas y la obsesión por ser libre.

