Martha Ann Lillard tenía 5 años cuando la polio la paralizó por completo. Fue el día de su propio cumpleaños, en Shawnee, Oklahoma, en 1953: se despertó con dolor de cuello y, cuatro días después, ya no podía mover ni brazos ni piernas. La máquina que la salvó fue un pulmón de acero, esa cápsula metálica de los años 50 que respira por ti cuando tu cuerpo ya no puede.

Lo que parecía una solución temporal se convirtió en su forma de vida durante más de siete décadas. Su abuelo le modificó el tanque para que pudiera abrir la escotilla desde adentro. Aprendió a caminar de nuevo, pero su brazo derecho quedó paralizado para siempre. Probó cada respirador moderno que salió al mercado, y ninguno logró igualar la presión exacta que su cuerpo necesitaba.

Después de que Paul Alexander, otro sobreviviente histórico de la polio, muriera en 2024, Martha se convirtió en la última persona de Estados Unidos que aún dependía de un pulmón de acero para vivir. Setenta años después de aquel cumpleaños que le cambió todo, seguía ahí, respirando gracias a una máquina que ya nadie más necesita.
