Martha McKay tenía todas las razones del mundo para odiar a Travis Lewis.

En 1996, cuando él tenía apenas 16 años, asesinó a su madre Sally Snowden McKay, de 72 años, y a su sobrino, en la casa familiar en Arkansas. Martha, sin embargo, eligió otro camino. Como budista devota, empezó a escribirle cartas en prisión, lo visitó durante años y se convirtió en su principal defensora ante la junta de libertad condicional.

Cuando Lewis salió libre en 2018, Martha fue más allá de cualquier gesto simbólico: le dio empleo y un lugar donde vivir en la restaurada Casa Snowden, la misma propiedad donde él había matado a su madre. Convivieron bajo ese mismo techo durante casi dos años.

En marzo de 2020, una discusión por dinero robado terminó en otro asesinato. Lewis mató a Martha, de 63 años, dentro de esa misma casa. Murió ahogado poco después, mientras huía de la policía. El perdón más extremo que se pueda imaginar tuvo un final que nadie en esa familia pudo prever.

