Megan Hulen no ovulaba sola. Por su síndrome de ovario poliquístico necesitó tratamientos de fertilidad para tener a cada uno de sus dos primeros hijos, y el segundo, Matthew, nació con Nager, un trastorno genético raro que le afecta la cara, las manos y los brazos. Pasó cuatro meses en terapia intensiva neonatal y hoy vive con traqueotomía y sonda de alimentación.

Cuando Megan y su esposo Josh decidieron intentarlo una vez más, en búsqueda de una niña, los médicos cancelaron el ciclo de estimulación ovárica. Había demasiados folículos creciendo en sus ovarios. Le pidieron esperar. Pero el cuerpo de Megan, en algún punto entre esa cita y la siguiente, ovuló solo. A las seis semanas, el ultrasonido mostró cinco embriones.

“Tuve mi momento de pánico y llore una hora en la esquina de su oficina”, contó. Sabía, por haber vivido la NICU con Matthew, que a esa edad gestacional se pierden bebés con frecuencia. Una semana después se detectaron cinco latidos. El 2 de septiembre, en Fargo, nacieron Allison, Adam, Madison, Emma y Chloe, todos por encima de las 3 libras, sin que Megan sufriera ninguna de las complicaciones que suelen acompañar los embarazos múltiples de alto riesgo.

