Rhonda Manring tenía 2 años cuando le dijeron que tenía neurofibromatosis.


Una condición genética que hace crecer tumores benignos a lo largo de los nervios. Los de su rostro se fueron notando cada vez más. Los médicos no podían quitárselos: según ella, operar habría hecho más mal que bien. Así que Rhonda creció en Virginia con un rostro que otros no podían dejar de mirar. Se rompió las piernas cinco veces cada una, llevó un halo para intentar que la derecha creciera, y en la escuela se volvió reservada. Los buenos amigos fueron pocos. Las miradas fijas, muchas.


Pero ella se definía de otra manera: siempre alegre, extrovertida, amante de la vida. Y encontró dónde ponerlo. En su cuarto de maquillaje inventaba looks de colores, y los subió a Facebook e Instagram. Reunió unos 9.000 seguidores que no veían un tumor, veían a una artista. Esa comunidad la ayudó a aceptarse y le dio algo más grande: una voz. La usó para explicar que la neurofibromatosis no es contagiosa y que todos son hermosos, aunque la sociedad piense lo contrario.


Rhonda falleció en septiembre. Pero su frase sigue en pie: “Me alegra tener la vida que tengo”.
