Refilwe Motiang solo quería verse linda antes de un viaje.

Tenía 31 años, vivía en Midrand, Sudáfrica, y el jueves pasado fue a un salón de belleza a ponerse extensiones de pestañas. A mitad del procedimiento sintió un ardor insoportable en los ojos. Avisó a la técnica, pero le dijeron que era normal, que el pegamento era fuerte para que las pestañas duraran más. El dolor no se fue. Empezó a temblar, las lágrimas no la dejaban abrir los párpados, y ahí entendió que algo estaba muy mal.

La llevaron de urgencia a un hospital, donde los médicos encontraron sus córneas dañadas. Pasó días con los ojos vendados, sin ver, encerrada en un cuarto oscuro para que la luz no le doliera más. “Me sentía sola y triste, pensando: ¿todo esto solo porque quería verme guapa?”, contó.
Hoy recupera la vista de a poco y piensa en acciones legales contra el salón. Sus hijos, dice, fueron los más asustados de todos.
