Antes tenían un apartamento.
Eso fue lo primero que dijo Mark cuando le preguntaron por qué mecía a su perro como a un bebé cada noche. Ahora duermen donde pueden, y el mundo que antes se quedaba afuera de las ventanas ahora los rodea sin filtro: bocinas, sirenas, pasos, voces. Para su perro, cada una de esas noches es una batalla contra el ruido.

Él lo sabe. Por eso, antes de pensar en su propio descanso, lo envuelve entre sus brazos y lo balancea despacio, con la misma paciencia de quien calma a un hijo con fiebre, hasta que el cuerpo pequeño se rinde al sueño. Solo entonces, él también cierra los ojos.
No tiene techo, ni cama, ni certezas para el día siguiente. Pero tiene esto: la decisión de que su perro nunca duerma con miedo mientras él pueda evitarlo. A veces el amor no necesita un techo. Solo necesita alguien dispuesto a quedarse despierto un poco más.


