Diego Poyet tenía todo para ser una promesa. 🇺🇾
Había jugado el Mundial Sub 20 de 2015 en Nueva Zelanda, pasó por el West Ham y en 2017 firmó con Godoy Cruz. Pero ahí, en Argentina, el fútbol dejó de ser un refugio: los cupos de extranjeros lo dejaron afuera de las canchas y encerrado con su propia cabeza. Él mismo lo definió sin vueltas: fueron “los peores ocho o diez meses” de su vida.

Para no hundirse del todo, empezó a entrenar. Al principio fue solo una forma de llenar las horas vacías. “Me empezó a gustar el gimnasio”, contó, y esa rutina terminó siendo mucho más que ejercicio: fue la manera de reconstruirse por dentro mientras su cuerpo cambiaba por fuera.
En 2018 tomó una decisión que ni su propio padre vio venir. Viajó hasta Burdeos, se plantó frente a Gustavo Poyet —ex Chelsea y referente del fútbol uruguayo— y le dijo que no quería jugar más al fútbol profesional. Tenía apenas 24 años. Para su familia, según reconoció el propio Gustavo años después, fue un shock del que todavía se habla.

