A los 29 años, Bradley Cooper decidió parar.

No hubo un rescate espectacular ni una intervención de última hora: solo un hombre que se dio cuenta de que estaba perdido y que la única salida era dejarlo todo de golpe. Dejó el alcohol y las drogas en un momento en que su carrera apenas empezaba a despegar, sin garantía de que el cambio funcionara.

Hoy, más de dos décadas después, Cooper suma 22 años de sobriedad continua. Él mismo lo resume sin dramatismo: se siente “increíblemente afortunado” de haber salido de ahí. Su caso demuestra algo que pocas veces se cuenta con números tan claros: la adicción puede tocar a cualquiera, incluso a quien parece tenerlo todo, y superarla es posible sin que defina el resto de una vida.
