Kelly Kozyra tenía 38 años cuando decidió contar todo.
Todo empezó en 2017, una noche cualquiera en Chicago, cuando un amigo le ofreció cocaína en una salida entre tragos y risas.


Lo que siguió no fue una recaída ni un tropiezo aislado: fue un hábito diario, de día y de noche, que la llevó a renunciar a su trabajo y a gastar cerca de 80.000 dólares en apenas 19 meses.
A los tres meses ya sangraba por la nariz y expulsaba trozos de piel cada vez que se sonaba.


El tabique se fue deshaciendo hasta desaparecer por completo, y con el tiempo se abrió un agujero en la parte externa de su rostro, del tamaño de una moneda de diez centavos.
Aun así, siguió consumiendo: se metía el dedo meñique en la nariz para que la sustancia no se le escapara por el hueco.

Durante la pandemia usó mascarillas para esconder el daño y les decía a los demás que tenía una infección sinusal.
Hoy muestra su cara reconstruida como advertencia para quien crea que una raya no tiene consecuencias.
