Los médicos ya se habían despedido de él.

Jacob King nació en Estados Unidos con una condición congénita grave, similar a la hidranencefalia, donde gran parte de los hemisferios cerebrales no llega a formarse. El pronóstico fue tajante: no viviría más de una hora. Sus padres lo sostuvieron esperando lo peor.

Esa hora pasó, y también los días, los años. Jacob creció, se casó y hoy recorre iglesias junto a su esposa contando su historia a través de los Ministerios Hijos de la Justicia y en su libro “Nacido sin cerebro”. Él lo atribuye a un milagro divino. La medicina ofrece otra explicación: su tronco encefálico quedó intacto, sosteniendo las funciones vitales, mientras el tejido restante desarrolló una plasticidad poco común.

Ciencia o fe, lo cierto es que Jacob sigue de pie donde nadie esperaba que llegara a caminar.
