De niño, a Leo le costaba comer, pero se derretía por los alfajores.
Carlos Marconi, dirigente de las divisiones infantiles en Rosario, lo notó e inventó un trato: un alfajor por cada gol, y dos si el gol era de cabeza. Messi, que ya hacía tres, cuatro o cinco por partido, entendió rápido las reglas. Y también encontró la picardía. Cuando quedaba solo frente al arquero, levantaba la pelota con un jueguito y definía de cabeza para duplicar el premio.

Pero la escena que Marconi nunca olvidó fue otra. Un día Leo marcó seis goles y juntó seis alfajores. Pudo guardárselos todos. En lugar de eso, los repartió uno a uno entre sus compañeros y se quedó sin ninguno.
Antes de los trofeos y los récords, ya estaba ahí el niño que celebraba con el equipo entero.

