A los nueve años, Lionel Messi dejó de crecer. En Rosario, Argentina, un médico tardó más de un año en encontrar la causa: deficiencia de hormona del crecimiento, un trastorno que afecta a muy pocos niños en el mundo y que, sin tratamiento, lo habría dejado en poco más de un metro con cuarenta.


El tratamiento eran inyecciones diarias en las piernas, que empezó a los 11 años y mantuvo por casi tres, sin dejar de jugar al fútbol ni un solo torneo. Costaba unos 1.500 dólares al mes, una cifra imposible para su familia: su padre trabajaba en una acería, su madre limpiaba casas por horas. El club lo ayudó un tiempo, pero no quiso comprometerse a largo plazo con un niño tan pequeño.

A los 13, con contactos familiares en Cataluña, sus padres consiguieron una prueba en La Masia, la academia del FC Barcelona. Messi anotó cinco goles en ese entrenamiento y el club aceptó pagar su tratamiento ahí mismo, en un acuerdo que quedó escrito en una servilleta. Un año después, ya con 1,70 de estatura, dejó las inyecciones para siempre.


