Para muchas personas, el rojo intenso en la cara es parte de un disfraz de Halloween. Para ella es la piel con la que se despierta todos los días.

Esta mujer vive con una rara afección cutánea que le deja el rostro de un rojo brillante. Por eso, cada octubre, las tiendas se llenan de máscaras y trajes de monstruo que imitan justo esa apariencia, y ella los considera ofensivos. Su mensaje cabe en una frase: su cara no es un disfraz.

El debate no es nuevo. La activista australiana Carly Findlay, que también vive con la cara roja, escribió que los disfraces de Halloween suelen representar diferencias faciales con cicatrices, sangre y rojeces, y que eso refuerza estereotipos negativos. Su idea es sencilla: el disfraz se guarda al terminar la noche, pero quien vive con una diferencia facial no puede quitarse la cara.

Para quien solo busca divertirse, es un traje más. Para quien tiene esa piel, es la forma en que el mundo lo mira cada día.
