Nia Gibbs-Williams pensó que esta vez sí se iba para siempre.

Era abril y su pareja, Andrew Beckett, la había golpeado una y otra vez en los brazos y el hombro. Cuando ella intentó huir, él se abalanzó y le mordió la oreja izquierda. Nia le dijo que había llamado al 999 y él escapó. Ella declaró ante la policía. Veinticuatro horas después, estaban juntos otra vez.

“Jugaba con su salud mental todo el tiempo y de alguna manera lograba que sintiera lástima por él”, cuenta esta auxiliar de enfermería del NHS de 30 años, originaria del sur de Gales. Ya la había empujado contra una silla en Año Nuevo y entonces culpó a su TDAH y a una medicación nueva. Nia lo perdonó. Lo que no sabía era que Beckett, de 38 años, acumulaba 11 condenas previas por agresión, estrangulamiento intencional e incumplir órdenes de alejamiento contra otras exparejas.

Ni las disculpas ni las promesas pararon nada. Un mes después la retuvo dos horas en su casa, entre gritos y empujones, hasta que los vecinos llamaron a la policía. El Tribunal de la Corona de Merthyr Tydfil lo condenó a 26 meses de cárcel y le impuso una orden de alejamiento indefinida. ¿Cuántas alertas hacían falta para detenerlo antes?
