Marta Helena Barbosa tiene 39 años y lleva casi toda su vida con un rostro que la gente mira dos veces.

Vive en Trindade, cerca de Goiânia, en Brasil, y padece neurofibromatosis, un trastorno genético que provoca tumores en el tejido nervioso. Según cuenta, la enfermedad empezó cuando era una niña pequeña y avanzó con los años hasta que su rostro adquirió una apariencia que el medio describe como si se estuviera derritiendo. No es un término médico, pero la descripción da una idea de cómo la ve el mundo. Ella, en cambio, lo resume de otro modo: su peor enemigo es el espejo.

El rechazo tiene consecuencias muy concretas. Marta asegura que la condición le impide conseguir trabajo, y la ayuda mensual por enfermedad que recibe de las autoridades locales no alcanza para mantener a una familia. Sus dos hijos adultos trabajan como camareros en la ciudad para ayudar con las cuentas, y ella vende dulces y material reciclable en la calle para poder pagar la hipoteca. Por eso su mayor deseo es someterse a una cirugía plástica. No la quiere para verse distinta, sino para dejar de ser la razón por la que le cierran las puertas. El caso fue publicado hace tiempo, y no hay datos sobre si logró operarse.

