

Moya no es albino. Es algo mucho más raro.
El fotógrafo británico Simon Needham lo encontró en el santuario Glen Garriff Conservation, en Sudáfrica, cuando el león ya tenía 6 años y una melena que parecía tallada en marfil. Needham quedó tan impactado por el pelaje que decidió fotografiarlo de cerca, buscando mostrarle al mundo algo que casi nadie llega a ver en libertad: el leucismo, una mutación genética recesiva que aclara la piel y el pelo sin borrar del todo la pigmentación, muy distinta al albinismo con el que suele confundirse.

Para que un cachorro nazca así, ambos padres deben portar ese gen oculto. Por eso los leones blancos solo existen de forma natural en una pequeña zona cercana al Parque Nacional Kruger, y hoy quedan menos de 10 viviendo libres en toda la sabana. Suzanne Scott, directora del santuario, ayudó a Needham a acercarse a Moya para capturar esas fotos que hoy recuerdan cuánto hay todavía por proteger.
