Un hombre sin hogar entra a un edificio abandonado en Atenas siguiendo un olor que no debería estar ahí. Dentro de una habitación, sobre el piso, encuentra una maleta. Adentro está Elisabeth Ross, escocesa de 38 años, sin heridas visibles ni señales de forcejeo.

Lo que la policía descubre después es lo que congela la investigación: durante dos semanas, alguien siguió escribiendo desde el teléfono de Elisabeth. Mensajes a su padre, abogado en Edimburgo. Mensajes a una amiga. El último decía “necesito un poco de tranquilidad, quiero estar sola”. Todos enviados después de que ya estuviera muerta.

El teléfono no se apagó hasta que la noticia del hallazgo dio la vuelta al mundo. Ahora los investigadores rastrean esas señales para llegar hasta quien las envió, mientras reconstruyen tres días que Elisabeth pasó sola en Atenas antes de desaparecer para siempre.
