Meagan Riley Nealy-Stevenson lo escuchó más de una vez.

Exparejas que le decían que el vello alrededor de su cuello era “asqueroso”. Extraños que no dudaban en opinar sobre un cuerpo que ni siquiera les pertenecía. Cada comentario apuntaba al mismo lugar: algo tan normal como el vello facial, convertido en motivo de burla.

Pero ella decidió no cargar con esa vergüenza ajena. “Amo mi vello en el cuello”, dijo, marcando distancia de años de comentarios crueles. No pidió permiso para sentirse bien con su propio reflejo, y esa decisión —simple, pero incómoda para quienes esperaban que se disculpara por existir así— es la que sostiene toda su historia.

Hoy lo repite sin dudar: se siente hermosa. Y esa frase, tan corta, es la que more gente empieza a repetir después de escucharla a ella.
