Keeley Favell tenía 28 años y vivía en Swansea, Gales, cuando su cuerpo empezó a cambiar de forma que nadie supo explicar.

Desde 2014 su vientre creció tan despacio que ella misma lo confundió con aumento de peso. Los desconocidos le preguntaban para cuándo esperaba a su bebé; ella mentía por vergüenza, convencida de que solo estaba engordando. Se hizo pruebas de embarazo con su pareja, Jamie Gibbins, y todas dieron negativo. Ni su médica de cabecera logró explicarlo: tras análisis de sangre sin resultados claros, terminó derivándola a un obstetra bajo la sospecha de un embarazo de alto riesgo, sin haberla examinado nunca.

Una ecografía de rutina se transformó en tomografía de urgencia, y ahí apareció la verdad: una masa ovárica gigante que exigía cirugía inmediata, con un corte desde el esternón hasta la pelvis. En marzo de 2017, lo que debía durar 90 minutos se extendió a cinco horas de quirófano. Los cirujanos extrajeron un quiste benigno de 26 kilogramos, casi el peso de un niño de ocho años, algo que ella misma llamó su “extraterrestre médico”.
